No es secreto la crisis que atraviesa el sector del libro. Cada día aparecen nuevas noticias sobre fusiones de editoriales, desapariciones, premios literarios dudosos y la cada vez más mermada población lectora.

En ese contexto, publicar un libro en España es una tarea hercúlea para aquellos escritores completamente desconocidos o aquellos, incluso, que ya han dado sus primeros pasos.

En este contexto, sin embargo, cada día aparecen nuevas y novedosas editoriales que abren sus puertas con entusiasmo, presentando obras interesantes, cuidadas y muchas de ellas con propuestas de impresión novedosas. Sin embargo, deudoras de un mismo tic sintomático de estos tiempos, todas ellas (o casi todas esas nuevas editoriales) nacen con la misma impronta: la de apostar por escritores consagrados, traducciones exóticas y viejas glorias con el registro de la propiedad abierto o amigos de toda la vida.

El problema, como decíamos, sigue siendo el mismo: nadie apuesta por escritores españoles y por tanto es difícil de encontrar una generación dispuesta a elaborar la construcción de un relato literario en torno a lo que nos pasa como sociedad.

Es alarmante ver (y comprobar) que las editoriales tradicionales ya ni siquiera contratan lectores, apostando cada vez más por escritores de la casa, y que las editoriales nuevas siguen la misma huella.

Si se mira el sector con la suficiente perspectiva se podrá apreciar que las nuevas editoriales son un clon a escala de las editoriales de referencia: carecen de valentía, no se publican talentos creativos “nuevos” sino libros que “funcionen” (aunque sean auténticos desastres). La profesión de “editor” está desapareciendo y todos ellos parecen tenerle “asco” a los escritores españoles o a géneros como el relato breve, que a penas cuenta con casas editoras.

La crisis del libro es una combinación compleja entre inmovilismo, falta de creatividad, cobardía, precios desmesurados para una población empobrecida y cierta idiosincrasia autodestructiva que vuelve la cara a todo lo que tiene olor nacional.

No es, claro está, que se deba publicar cualquier cosa por el hecho de ser español, pero la sensación es que las editoriales, tanto nuevas como viejas, recurren constantemente a la evasión para ocultar las complejas relaciones sociales que determinan un tiempo dado. La cultura, en última instancia, tiene ese fin, de otro modo es espectáculo.

No es nuevo. Tampoco durante el período de transición hubo grandes novedades literarias capaces de abordar el horror del que acabábamos de salir. Carentes de una generación de escritores que narrasen en primera persona los estragos del post franquismo y la dictadura, al día de hoy no aparece una generación que nos cuente los estragos de la precarización y la pobreza. Que nos hable de cómo se vive en el exilio (en lugar de que sea la TV quien nos cuente, como si fuera un chiste, las aventaras de unos niños de Erasmus en Alemania), los desahucios, etc.

Por lo pronto, ni se ve, ni se las esperan. Las editoriales, salvo honrosas excepciones, parecen ser un engranaje más de esta máquina de destruir cultura.

España atraviesa la mayor crisis de la democracia y sin embargo siguen apareciendo nuevas editoriales que no tiene nada para decir. Todas ellas, sin embargo, a la cola de las grandes grupos, dedicadas a meras traducciones (parece que somos muy  buenos en eso), autores consagrados sin derechos (extranjeros, por supuesto) o a la banalización de la cultura.

Seguimos, pues, a la espera de nuevas voces que nos hablen de una generación perdida.