RetroWaitressPara servirte las patatas fritas con refresco grande.

Probablemente nunca te hayas hecho esta pregunta. Y sería lo normal. Pero, a lo mejor, sí te has preguntado alguna vez qué es un libro, cómo se hace, de dónde viene o hacia dónde va.

Un libro, si describimos una de sus múltiples facetas, es la transmisión por escrito de un hecho literario. Es decir, para que aquello que narra un autor permanezca y forme parte de la cultura, hay que fijarlo de alguna manera. Y la mejor alternativa que se ha encontrado hasta ahora ha sido ponerla por escrito.

Esta afirmación que parece tan obvia deja atrás muchas otras posibilidades: señales de humo, gritos a un acantilado, señas mímicas… ninguno de esos códigos permite que una obra literaria permanezca en el tiempo y pueda transmitirse sin alteraciones. Y esa es la labor del filólogo.

Y esa labor de “clavar” un texto tal y como lo quiso transmitir su autor es a lo que se dedica un filólogo.

Por ejemplo, nosotros, lectores del siglo XXI, tenemos la posibilidad de leer poesía medieval si nos apetece. ¿Por arte de magia? No, por arte de un (de varios) filólogo. ¿Y cómo trabaja un filólogo cuando no te está sirviendo comida rápida? Con el método lachmaniano y sus cinco sencillos pasos (que de sencillos no tienen nada).

Karl Lachmann era un filólogo germano del siglo XIX que, entre otras cosas, se ocupó de hacer ediciones exhaustivas de textos clásicos grecolatinos. E inventó un método que, cómo no, llevó su nombre. Este método consistía en:

  1. La labor de Recensio: el filólogo, cuando libra en el burguer, investiga en bibliotecas, archivos y cualquier depósito todos los ejemplares y textos conservados, manuscritos y notas referentes al texto objeto de investigación. Una vez localizadas las distintas versiones, da comienzo el paso número dos.
  2. La labor de Collatio: como buen ratón de biblioteca, nuestro pequeño filólogo compara unos con otros los manuscritos, impresos y demás papelitos que ha conseguido localizar. De ese cotejo, saldrá el texto con el que va a trabajar. A veces es un texto de una edición en concreto, a veces es una amalgama de todo lo hallado.
  3. Con pulso certero, nuestro filólogo pasa al tercer punto del método, la Constitutio Stemmatis o, lo que es lo mismo, la constitución del árbol genealógico que pone en relación los papelitos encontrados en orden cronológico: cuál se hizo antes, cuál es una copia de otro texto anterior, cuál es más fiable, cuál es el más antiguo y cuál el más moderno.
  4. Después de dibujar arbolitos y diagramas, nuestro filólogo experto en restauración rápida realiza la Constitutio Textus: es decir, la reconstrucción del texto original (o uno bastante parecido a él). Además, enmendará todos los errores de transcripción que haya podido encontrar.
  5. Por último, escribe el Apparatus Criticus (parece latín inventado, pero no, lo juro, se dice así): todos esos pies de página en los que nuestro pequeño filólogo da las informaciones sobre los errores con los que se ha ido encontrando, las distintas versiones, la falta o sobra de alguna línea o palabra, si aquí había un punto y aparte pero en el otro texto solo había una coma… Es decir, el Apparatus Criticus es la prueba de que nuestro filólogo ha llorado sangre para que nosotros, desdichados lectores que a veces preferimos ver la tele, podamos posar nuestros ojitos sobre las poesías de Góngora o en las cuitas de una malmaridada sin miedo a que nos hayan dado gato por liebre.

Todo este trabajo es lo que se conocerá como edición crítica (que crítica no significa que ponga verde a alguien, sino que está contrastada, certificada y validada por nuestro humilde filólogo).

Así que, amigo, amiga, la próxima vez que pidas más ketchup para tus patatas servidas en una bolsa de papel, hazle un guiño al chaval que te las sirve y dile que tú también te morirías por tener entre tus manos un incunable. Si cae patidifuso al suelo, es él, tu filólogo oculto y futuro novio.