En esta época de culto al yo y de exhibicionismo de la personalidad -sea esta como sea: normalmente egoísta, infantilizada, hueca-, me gustaría dejar a un lado ese afán por asomarse a la vida de un autor para centrarme exclusivamente en su obra. Y, que conste, que esta idea no es mía, ni mucho menos. Una de las características de ruptura con la forma de hacer crítica literaria que se le puede agradecer al grupo de teóricos literarios conocido como el Formalismo ruso fue la de afrontar la obra de un autor como un microcosmos en sí mismo. Es decir, dejando a un lado la biografía del autor, aquellos momentos escabrosos de su vida que pudiesen arrojar luz y sentido a su obra, los formalistas apostarodescargan por buscar la intentio auctoris dentro del conjunto de obras literarias y no fuera de ellas. Es decir, que la vida del autor no era determinante en su obra.

Y esta noción de microcosmos de los formalistas es la que se me ha revelado (sí, como una visión religiosa, pues yo ni la buscaba y me ha asaltado a la mente de una forma clarificadora) mientras leía la última novela de Jonathan Franzen, Pureza. Habiendo leído sus novelas anteriores, no tenía muy claro hasta el momento cuál era el eje transversal que todo autor atraviesa una y otra vez en sus escritos (como, por ejemplo, en Alberto Moravia son las relaciones moralmente incestuosas aunque no cosanguíneamente, como la relación entre un hombre y la hija adolescente de su novia -o lo que Woody Allen se ha encargado de convertir en una realidad-; o en Borges,quien recurría numerosamente a las imágenes de espejos para escenificar su horror hacia la reproducción humana o de laberintos para escenificar lo complejo de una sociedad; o en Juan Carlos Onetti ambientando varias de sus novelas en Santa María y con el personaje del doctor Díaz Grey repetido en varias de ellas como una constante de sus obsesiones).

En las contraportadas de los libros de Franzen (truco editorial aparte) y en numerosas reseñas literarias que no hacen más que repetir lo que ya anuncian esas contraportadas, se puede leer de él que es algo así como el diseccionador de la sociedad actual norteamericana. Pero creo que esta etiqueta, sin dejar de ser cierta, le queda ancha, demasiado holgada, como si fuese un jersey varias tallas más grandes en el que cabe cualquiera. Franzen, y lo demuestra más claramente en su última novela, no disecciona solo la sociedad actual norteamericana. Disecciona a las familias. Y lo hace desde el punto de partida de las madres de esas familias como elemento que todo lo trastoca y lo influencia, normalmente, de forma nefasta.

Como si del borroso fantasma que aparece en segundo plano en una fotografía de la cual se va apropiando hasta que no se puede fijar la vista en otra cosa, las madres van marcando el ritmo de las tramas de sus novelas. No digo de su tema principal, sino del elemento que determina que tal o cual personaje tenga una forma de ser en concreto o se decida por una acción u otra. Es decir, las madres que aparecen en las novelas de Franzen son los verdaderos articuladores de la historia.

En su primera novela, Ciudad veintisiete, la protagonista debe todo su éxito y ambición a su madre, quien casi ni aparece, pero que traza una telaraña de chanchullos y dobles juegos para que su hija, la jefa de policía Susan Jammu, acapare todo el poder de la ciudad de San Luis.

En Movimiento fuerte, su segunda novela (y para mí, la mejor de todas, dicho sea de paso), está latente a lo largo de sus páginas una clínica que realiza abortos y el puñado de antiabortistas pirados con los que Renée, personaje principal, se enfrentará de manera trágica. Es en esta novela donde Franzen no habla de las madres, sino del empeño de no serlo, de no convertirse en una de ellas y las consecuencias que tal decisión tendrán en la vida de Renée. Pero, además, Renée tendrá que lidiar con la madre de su pareja, pues esta se ha convertido en un elemento más en su relación amorosa.

Será en la tercera novela, Las correcciones, donde el deseo de la madre de los personajes se convertirá en el centro de la trama novelística: la madre quiere que sus hijos se reúnan en Navidad para comer todos juntos. Este antojo, en principio fácil de cumplir y bastante aséptico, será el vehículo que atravesará las vidas de sus tres hijos a las que el lector puede asomarse y ver cómo el deseo de esta madre afecta a sus vástagos. También tendrá consecuencias terribles para el padre y que pondrán fin al idílico crucero del que ambos disfrutan. Por otro lado, estará la relación enfermiza que mantiene la esposa de Gary con su hijo, al que soborna con videojuegos y pone en contra de su padre.

Son también los padres un elemento que se debe resaltar en las novelas de Franzen, más que por su gran peso en el argumento, por su omisión o poca acción. A veces no son más que peleles de las madres.

En Libertad, su cuarta novela, es imprescindible el papel que desempeña la madre en la trama. Patty Berglund arrastrará a su propio hijo a tomar pésimas decisiones solo porque odia a su novia choni y no sabe qué más inventarse para que rompa su relación. También es patente la culpabilidad que siente Walter cuando ve a su madre a la cabeza del grupo de ecologistas que protesta ante la mina de carbón donde él ha comenzado a trabajar.

Será en su última novela, Pureza, donde la relación nefasta de los protagonistas con sus madres sea más clara y donde las consecuencias de tal relación se vean mejor. Sin llegar a dar demasiadas pistas sobre el argumento principal -no quiero hacer un spoiler-, es destacable que en el primer capítulo el personaje de Purity está atrapada por la hipocondría de su madre, además de por el secreto que se niega a revelar. En el segundo capítulo, todo lo que le ocurre a Andreas Wolf está marcado por la relación enfermiza que mantiene con su madre a lo largo de los años, pues a ella le debe su carácter y sus decisiones no siempre acertadas. El tercer capítulo está atravesado por el deseo de una de los personajes de ser madre y la continua negativa de sus parejas a concederle ese deseo, así como su forma de tratar a Purity como si de su hija se tratase, quien, a su vez, también echa de menos a su propia madre.

Son, pues, estas madres -además del ambiente político y social que hace de sus novelas, ahora sí, una interpretación de la vida actual- y la influencia nefasta que tienen sobre sus hijos el tema sobre el que recae una y otra vez la temática de Franzen, así como la casi desaparición del padre, alejado en ocasiones por estas madres, en ocasiones por voluntad propia, que se marca en la personalidad de los personajes que configuran sus novelas.