Cuando yo era estudiante de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, le preguntaba a mis profesores, en cuanto tenía ocasión, si no estaríamos todos equivocados respecto a los cánones de literatura. Me explico: si nuestra literatura, la universal, la humana, la bípeda, está fuertemente asentada en la Ilíada y la Odisea de Homero y en un puñado más de obras que consiguieron burlar el paso del tiempo sobreviviendo a la destrucción del fuego y el viento y, por tanto, moldearon toda la creación que vino después, ¿qué habría sido de nuestra literatura (ergo cultura ergo pensamiento ergo forma de escribir y concepción de leer) de haberse conservado todo lo que se perdió? ¿Qué habría ocurrido si, además de la épica griega, donde un personaje central, hilo conductor y leitmotiv del argumento, durante el cual lucha, 

Ulises y las Sirenasdefiende, honra a una región con su valentía, se hubiese conservado algún género o autor que nos son absolutamente desconocidos porque su obra se perdió? O, peor aún, ¿y si lo que se perdió era infinitamente mejor que lo que se conservó? 

Evidentemente, no voy a contar lo que me contestaban los profesores. Pero después de hacerme este autohomenaje, diré que ayer fue la Mini Feria del Libro de Madrid en un local de Lavapiés. El nombre se debe a que quince editoriales valientes y pequeñas se juntaron y decidieron hacer más visibles sus proyectos editoriales. El resultado: buenos libros, de autores (prácticamente) desconocidos, portadas maravillosas muy bien diseñadas que adelantan, desde lo visual, lo interesante que aguarda en su interior. Hace falta más respaldo a estos proyectos que, a veces, no se sabe cómo aguantan si no es con el tesón y esfuerzo de sus propios creadores. Así que, desde ya y desde aquí, invito a los lectores a asomarse a lo que están haciendo las editoriales pequeñas porque lo están haciendo muy bien.

Y, después de este exohomenaje, voy al asunto que realmente me interesa. Casi ninguna de estas editoriales contaba en su catálogo con un autor español (y con autor me refiero a cualquiera que tenga una historia escrita sin publicar, y con español, a cualquier persona afincada en España sin importar de dónde venga o hacia dónde vaya). Aunque debo matizar esta información, pues Editorial Delirio LVR Ediciones, se dedican a descubrir poetas y autores españoles o NubeOcho, cuyo catálogo infantil también es, gran parte, hispanohablante. Otras editoriales, aunque la mayoría de sus autores deben ser traducidos al español, cuentan con alguno que no hace falta traducir, como Editorial DosBigotes, dedicada a la temática LGBT, ModernitoBooks, La Uña Rota (cuenta con cuatro autores hispanohablantes entre su catálogo de treinta y dos),  y el fanzine Vacaciones en Polonia tiene algunos articulistas cuya lengua materna también es el español (con ese título, ya es más que suficiente, obvio).

Es decir, que casi todos los catálogos de las editoriales (sean nuevas, pequeñas, grandes o medianas) están formados por autores extranjeros que otros han descubierto. Hecho que, evidentemente, me hace preguntarme muchas cosas, no ya a mis viejos profesores, sino a mí misma: ¿no hay ningún autor hispanohablante digno de ser publicado? Evidentemente tiene que haberlos. Aunque fuesen pocos, con diez ya se puede tener catálogo para unos años. Entonces, ¿no son rentables? Un tipo que vive en España, que habla de nuestra realidad, con el que los lectores comparten códigos, vivencias, imaginario, ¿no puede llegar al público lector? Es bastante sospechoso. Por lo tanto, ¿por qué no se publican autores hispanohablantes inéditos? ¿No debería ser la norma general en las editoriales españolas descubrir nuevos autores españoles? Desde luego, no quiero dejar caer esta responsabilidad sobre las editoriales pequeñas: con subsistir, las pobres, tienen suficiente. Porque las grandes y medianas tampoco se encargan de descubrir nuevos talentos dentro de nuestras fronteras. Por lo tanto, ¿qué ocurre para que los autores a los que tenemos acceso nos cuenten las realidades de otros países?

Estas preguntas me llevan, a su vez, a varias respuestas:

  1. Lo de fuera es mejor, más bonito, más limpio.
  2. Lo de fuera ya viene avalado por el éxito de los lectores de sus respectivos países.
  3. Nosotros nos conocemos tan sumamente bien que preferimos ver lo que nos muestran los demás de sí mismos.
  4. Las editoriales españolas están formadas, sobre todo, por traductores que, con la crisis, perdieron sus trabajos y ahora se dedican a publicar lo que siempre quisieron.

Me resulta muy curioso no lamentarme por lo que nos estamos perdiendo sin saber qué es lo que nos estamos perdiendo. A estas alturas, y después de varias generaciones nacidas en España, ya deberíamos contar con Albert Camusuna generación de escritores de origen marroquí (o guineano) que cuenta sus problemas de pertenencia a una cultura que solo visita en vacaciones y el rechazo que sufren en el lugar en el que viven y del que probablemente se sientan parte (como ocurre en Francia con los argelinos —Albert Camus—  o en Inglaterra o Estados Unidos con los habitantes de sus antiguas colonias). O una literatura feminista en la que la mujer expone su visión de un mundo en el que encaja solo a medias y que es acusada y ultrajada en cuanto se rebela. O, por supuesto y ya va siendo hora, de una literatura post-15M, política, que muestre el entramado que había antes de la crisis y el que hay ahora. Y tantas otras literaturas imposibles y paralelas que tal vez nunca descubramos. Pero que están. O deberían estar.

Si la novela explica y muestra la realidad social por la que está rodeada, yo, como lectora, quiero que me cuenten mi aquí y mi ahora, el aquí y el ahora de realidades que, pese a tenerlas tan cerca, ignoro por completo. ¿Qué pasa en los poblados gitanos? ¿De qué se habla en un piso compartido en Lavapiés? ¿Cómo sobrevive un chaval sin trabajo ni esperanza? ¿Hasta dónde llega la corrupción de nuestros políticos? Los narcos gallegos, ¿no son objeto de literatura?

Me temo que las preguntas de este post quedarán sin resolver, lo cual me importa muy poco. Lo que me preocupa es el panorama editorial español, en el que parece que países como Perú o Ecuador mantienen una labor editorial propia que esta España a la que no le interesa lo que se diga en su lengua materna. Tal vez la solución para publicar en España sea escribir en inglés y mandar los originales a editoriales angloparlantes. Tarde o temprano, un traductor reciclado en editor descubrirá una joyita extranjera sin saber que es extremeña.