descargaComo primera entrega del decálogo anunciado en un post anterior de Editoralia, vamos a tratar el esqueleto que sostiene este pequeño batiburrillo que es la novela de nuestro siglo: la estructura.

Reflexionemos un poco antes de empezar a concretar: ¿cómo son los textos de nuestro siglo? Pensemos en las redes sociales, en el número limitado de caracteres, en la paciencia del lector on-line, en un mundo lleno de estimulaciones, de deseos rápidamente concedidos y satisfechos, de ocio low-cost al alcance de la mano… ¿cómo de ser, entonces, una novela del siglo XXI? FRAGMENTADA. Obvio. Capítulos cortos, breves, reducidos, casi amputados, directos, esenciales. Y ni siquiera capítulos: escenas, cuadros, separados entre sí por espacios en blanco.

El lector del siglo XXI no tiene tiempo. Ni paciencia. Y tiene muchas tareas por delante que realizar. Y tres de ellas las puede hacer en el metro, entre ellas, leer. ¿Para qué martirizarlo con largas descripciones, sentimientos, pensamientos? Brevedad, siempre brevedad.

Lolito, ultimísima novela de Ben Brooks (escrita en 2013 y publicada en 2014 en España por Blackie Books) , comienza poniéndote en órbita con tres páginas que te dicen: quiénes son los personajes, qué hacen, qué quieren, cómo hablan, qué dicen, sus anhelos… y no falta nada. Tampoco sobra nada.

Saphia Azzeddine, en su novela Mi padre es mujer de la limpieza (publicado en Francia en 2009; en 2012 en Demipage), en la primera línea que abre el libro, ya te pone en la misma órbita que va a seguir a lo largo de toda la narración.

Elvira Navarro, experta en novelas breves, escribe en su última novela, La trabajadora (2014, ed. Penguin Random House), también capítulos, partes, escenas breves.

Lucía Puenzo, escritora y guionista, gran conocedora de las exigencias del público sentado (en una butaca de cine o en un sillón de orejas), en su novela La furia de la langosta (2010, ed. Mondadori), cuenta, en un brevísimo libro de poco más de un centímetro de grosor en el que no falta ni una sola línea para entender su argumento —cuyo número de páginas la editorial se empeña en estirar con páginas en blanco, entrelineado doble, márgenes amplísimos y letra grande, aunque ese es otro tema, pero que sin esos trucos quedaría más reducido aún— la relación de un magnate de los negocios con su singular familia unida pero también disfuncional.

En Magma [Spuriuous] (2013, ed. Pálido Fuego), de Lars Iyer, la brevedad de su novela no da ni para capítulos, sino que el argumento se va interrumpiendo en cuadros separados por espacios en blanco dentro de los cuales, a su vez, hay otros espacios en blanco más breves. No hay lugar para la numeración. Digamos que las secuencias plano del cine se han traducido, en esta novela, en un fotograma (¿en un GIF?) al que el narrador da movimiento y sonido.

La fragmentación está llevada a su grado máximo de milésimas divisiones en la última novela de la británica Zadie Smith, NW London (escrita en 2012 y publicada por Salamandra en noviembre de 2013) con capítulos tan breves que algunos no son más que de una hoja, otros en cuyo interior hay divisiones con asteriscos, espacios en blanco, fragmentos de conversaciones, cambio de lugar… de una novela ya dividida en cinco partes, cuya tercera parte “Anfitriona” aparece subdividida, a su vez, en 185 diapositivas o momentos de un personaje.

Ni que decir tiene que la estructura fragmentada no viene sola, sino que lleva implícitas otras características, como la brevedad generalizada en toda la novela, dar muy poca importancia a la consecución temporal, pues hay saltos de días, horas, semanas, sin que importe en el argumento de la novela (¿como una nouvelle vague literaria cincuenta años posterior a la cineasta?), el perspectivismo y todos los demás acortamientos que conlleva la fragmentación (de diálogos, descripciones y sensaciones, como decíamos al inicio).

Así que, la FRAGMENTACIÓN será el punto primordial desde el que partir (en varias acepciones de la palabra) a la hora de identificar y de elaborar una novela del siglo XXI.