Una de las eternas discusiones en el mundo de las letras es la de encontrarle una funcionalidad a la Literatura que le case a la perfección como el zapato a Cenicienta. Y esta discusión ha otorgado las más diversas soluciones, algunas complementarias entre sí, otras muchas contradictorias.

Mientras que para Horapildorascio la Literatura debía conseguir una mezcla perfecta entre prodesse et delectare, es decir, enseñar deleitando, para Platón la Literatura directamente debía desaparecer porque el poeta no hablaba de la verdad como lo hacían la Historia y la Filosofía. En la Edad Media, donde se mantenía el anonimato, la Literatura era una manera de reírse de los poderosos en su propia cara. En el XV, la literatura cortesana se tomó la revancha y se apropió de la Literatura para convertirla en un juego de retruécanos y figuras literarias para competir en justas poéticas en las que el más diestro con la pluma se llevaba el aplauso del público.

Ya en el XVII, con el Siglo de las Luces marcado por el Racionalismo, los Neoclásicos creyeron fielmente en una función didáctica para la Literatura. Después, llegó el siglo XIX y dijo que había que poner fin a tanta regla y le dio muchas finalidades a la Literatura: para los Románticos era el vehículo más apropiado de mostrar el alma del escritor, como escapismo a la fea realidad e incluso, la más novedosa de todas, que debía ser inútilmente bella. A finales del XIX, para llevar la contraria a los Románticos que tanto habían mostrado sus sentimientos con exceso, el Naturalismo usó la Literatura para mostrar lo feo y sucio de la sociedad con la finalidad de buscar una mínima denuncia social pero sobre todo, para regodearse en las llagas supuradas de las clases sociales más bajas. Es este siglo donde surgen figuras tan increíbles como Oscar Wilde que rompe con todo y dice que la Literatura no debe servir para nada.

Y llega el XX, con sus guerras y sus avances tecnológicos,para darle a la Literatura infinidad de finalidades: la de experimentar e incluso vaciarse de sentido en las múltiples Vanguardias de principios de siglo, la de la literatura social o comprometida de los 60 con Sartre a la cabeza que buscaba cambiar el mundo y no repetir los fatídicos errores del pasado, la de mero entretenimiento con la recreación de géneros que tuvieron enorme éxito décadas antes (novela del oeste, policiaca, de fantasía, rosa…) que, siguiendo el ejemplo folletinesco decimonónico, marcó la explosión del mundo editorial hasta nuestros días…

Será en este contexto de finalidades lucrativas la que empujará la idea de que, entre otras, cosas, la literatura (ahora con minúscula) debe, además, curarnos.

Y es en este marco de mundo editorial rentable, de ventas y estadísticas en el que se da un tipo de literatura pseudocientífico que busca, a veces con las mejores intenciones, otras, con las peores, cambiar nuestra conducta.

Si un día nos diésemos un paseo por la sección de Autoayuda de una librería (yo recomendaría no ir a librerías con este tipo de secciones a no ser que se entre con una actitud de entomólogo), encontraríamos estanterías repletas de títulos que quieren hacernos felices a base de autoaceptarnos, o a base de autoexplotarnos mediante la proactividad y la eficacia laboral, o simplemente convertirnos en robots que siguen al pie de la letra algunos truquitos muy (poco) recomendables.

Entre nuestros dedos de meros observadores en terreno de arenas movedizas caerían títulos tan suculentos como (todos son reales):

  • Autoestima en diez días (debe ser para gente que ya tiene autoestima y solo quiere saber que ya la tiene, porque en diez días no sé qué es capaz de cambiar un libro).
  • Los cinco pasos para cambiar tu vida de forma efectiva (donde se recomienda encarecidamente reflexiones tan valiosas como “Diseña la vida de tus sueños”, “Rompe tu patrón de miedo” (?), “Dale voz a tu conciencia” (??), “Elimina tu reacción de miedo”, y, por supuesto, menos mal que alguien lo dice en voz alta, “Vive tu sueño”).
  • La fórmula de la felicidad.
  • Se amable contigo mismo.
  • Cómo tener relaciones personales gratificantes (si alguien se compra este libro, por favor, que forre la portada con papel de periódico o no lo conseguirá en la vida).
  • ¡Cambiar es posible! (los signos de exclamación forman parte del título).
  • Atreverse a vivir (¿cuál será, en caso contrario, la alternativa que recomienda el autor?)

Mezclados con estos títulos que desvelan a la primera el contenido del resto del libro, podremos encontrar otros algo más lóbregos, como:

  • Tostadas y mermelada para el desayuno (este, al parecer, habla de la comida y de los problemas que existen con ella).
  •  La enfermedad como camino (donde asegura su autor que todas las enfermedades provienen del malestar (?)).
  • El guerrero pacífico (para este, “Lo importante no es la excelencia en las técnicas para dominar el cuerpo o la mente (?), sino el amor, que abre todas las puertas […]”).
  • Autoboicot (?)

Para las mentes más desesperadas o para los entomólogos más atrevidos, estarían dispuestos los títulos de:

  • grito munchCuando digo no, me siento culpable.
  • Emociones que hieren.
  • Pienso, luego sufro.
  • Me gustan los abrazos.
  • ¿Sabes por qué te han dejado? (por favor, que alguien se lo lea y haga una reseña para sabe qué dice).
  • El coaching de Oscar Wilde (detrás de este título terrible, se explica al pipiolo lector el verdadero significado de algunas citas del escritor como las de “Ser natural es la más difícil de la posturas” o “En estos tiempos los jóvenes piensan que el dinero lo es todo, algo que comprueban cuando se hacen mayores“, como si para el autor de este libro Oscar Wilde en realidad lo que quería era montarse un despachito de coach allá en el barrio de Bloomsbury para sacarle las perras a la alta burguesía).

Con el fin de no abrumar al lector con tanto título sorprendente, dejaremos para otro día aquellos ejemplares dedicados a hacernos indispensables en el trabajo, a triunfar en el capitalismo neoliberal y a mejorar, ya no como meros seres humanos, sino como piedra angular para las productivas empresas.