En muy pocos casos podrá el escritor verse en esta dicotomía, pues el recorrido natural que une los puntos que separan publicar un libro en editorial a uno autopublicado suele ser el que va hacia el segundo destino después de haber sido rechazado o ignorado en el primero.

Y aunque lo que voy a decir aquí no es ningún secreto, sí conviene a veces poner todas las características juntas para conocer un poco más el mundo editorial al que tantos escritores incautos se mueren por pertenecer.

Publicar un libro en una editorial, obviamente, no es nada sencillo, aunque se trate de una editorial muy pequeña y nuestro libro no consiga una trascendencia notable. Si un autor desconocido lo consigue, puede sentirse satisfecho de su logro, pues habrá convencido a otra persona nada desdeñable (en este caso, al editor) de que su texto merece la pena y que, además, tiene posibilidades comerciales. El escritor desconocido, ahora con un libro publicado, seguirá siendo desconocido. Pero la envidia que despertará entre sus amigos será la que le haga comprender que ha triunfado.

Si el libro, en cambio, nace a través de la autopublicación, no existe más rasero que el económico: de cuánto dinero dispone el autor para imprimirlo, con qué calidad y, sobre todo, cuántos ejemplares puede permitirse imprimir. En esta opción no hay forma de controlar la calidad de lo que se publica. Aquellos libros autopublicados que sean excepcionales, con una historia que contar genuina y original no se diferenciarán de los que no son más que incontinencia verbal de sus autores.

En una editorial, casi siempre, hay un gran trabajo y esfuerzo de maquetación detrás. No olvidemos que el señor editor va a invertir dinero en una obra sin saber si conseguirá beneficios y, si lo hace, cuándo llegarán ni en qué cantidad. Pero el señor editor, que es una buena persona porque ha confiado en el pobre escritor desconocido, que ha leído su obra sin que nadie le obligase, además, corrige los posibles errores de redacción, elimina las faltas de ortografía, edita el texto de manera profesional, hace los saltos de línea, las sangrías y los márgenes pertinentes, escribe un texto impactante para la contraportada, elige una portada adecuada y lo manda a imprenta. Ese amor y tiempo y esfuerzo que el señor editor ha gastado en la obra del  pobre escritor desconocido es un proceso unidereccional: el pobre escritor desconocido no toma ninguna decisión. Ni siquiera en algo tan personal y que tanto hace sufrir a los pobres autores desconocidos como es la portada que llevará su libro.  Si no le gusta la elegida por el señor editor, el pobre escritor desconocido se aguanta.

En la autopublicación, claro, la maquetación es un proceso que solo depende del autor. Si decide corregirlo o no, maquetarlo o dejarlo como un folio en word, ponerle una portada curiosa o algo horrendo con motivos florales y demasiados colores es asunto exclusivo del autor. Todos estos trabajos no tiene por qué hacerlos el autor si no sabe; hay profesionales dispuestos a hacerlos por él, eso sí, a cambio de dinero.

Por esta razón ahorrativa y de no saber dar importancia a las cosas que REALMENTE TIENEN IMPORTANCIA, entre los libros autopublicados hay muchos de ellos sin corregir, mal maquetados, con portadas que parecen haber sido elegidas por el peor enemigo del autor en lugar de él mismo. Son muy pocos los escritores que se preocupan del aspecto físico de su libro y, casualmente, a estos les suele ir mejor.

Si una editorial sabe que un libro bonito vende más que un libro que se parece al vestido de una señora mayor que colecciona gatos de porcelana, está muy bien que al menos algunos escritores independientes también lo sepan.

Uno de los puntos importantes es el de la publicidad de nuestro libro. Mientras que la editorial se hará cargo de promocionar nuestro libro (cuanta más difusión, mayores ventas), de hacer carteles, marcapáginas y presentaciones en librerías o centros culturales, de subir reseñas a periódicos y revistas y medios especialistas en el mundo editorial, de prestarle un lugar en su página web (todas estas acciones son susceptibles también del empeño y recursos de la propia editorial), en el mundo de la autopublicación este punto es casi inexistente.

Una vez que el autor independiente tiene su libro entre las manos, ¿cómo lo vende? ¿A quién? ¿Dónde? Y tener una página en Facebook y un perfil en Twitter no te hará vender más. A no ser que tengas más de 10.000 seguidores.

Otro punto importante que da ventaja (y mucha) a la editorial frente a la publicación es la distribución, muy ligada a la publicidad. Las editoriales, por muy pequeñas que sean, siempre tienen puntos de distribución: esto es, puntos de venta. Y estos puntos de venta, es decir, librerías en su mayoría, también se rigen por normas propias. La más importante: el margen de ganancia.

No es lo mismo vender un libro con un 45% de descuento para el librero que venderlo al 30%. Si el librero se preocupará de vender más ejemplares del libro que le dé un margen mayor de beneficio.

Tampoco es lo mismo vender un título del que el librero dispone de tres ejemplares que otro del que tiene quince, porque la forma de exposición es distinta con tres ejemplares que con quince. Con tres, el libro irá a estantería, donde es menos accesible y, por tanto, menos visible.

Con quince seguramente estará en una mesa, mejor si es la de novedades, o en un altillo desde el que se verá la portada por triplicado, cuadruplicado o quintuplicado, todo un lujo a la vista del lector. O en varios sitios: en el panel del escaparate, en la mesa de novedades, en el altillo, en la estantería… Cuanto más se vea un libro, más se vende. Por la sencilla razón de que si un editor y ahora un librero insisten en que los lectores vean tanto esa portada es porque merece la pena apostar por él y leérselo. Sobre todo comprarlo y después leérselo.

Si, además de hablar de una librería, hablamos de dos, de tres, incluso añadimos alguna grande, entonces el libro del escritor desconocido que el señor editor y ahora los señores libreros quieren exponer, tendrá alguna respuesta por parte del público.

En cambio, en los libros autopublicados el gran problema es la distribución. Más de uno se ha visto con el salón atestado por 800 ejemplares de un libro pagado de su bolsillo y que no sabe cómo vender ni dónde ni qué hacer con él.

Un último punto es el de las ganancias obtenidas con el libro. Mientras que en la editorial el pobre autor desconocido no puede decidir cuánto costará su libro y solo se llevará, como máximo, un 10% del precio que ha puesto el editor, en la autopublicación todas las ganancias son para el autor (una vez descontados los costos de los servicios y de la imprenta). Pero sin publicidad y sin distribución, el 100% de cero es cero. Si nadie te conoce, nadie te necesita. Si nadie ve tu libro, nadie lo comprará.

Pero no es cuestión de agonizar. Para aquellos que tengan o piensen en la autopublicación como una vía de salida a sus obras, en el próximo post ofreceré algunas directrices a tener en cuenta para conseguir mejores resultados.