Descartes, filósofo del siglo XVII, revolucionó el mundo científico con su método cartesiano de descripción: gracias a este francés, un objeto podía definirse, además de por las características que poseía, por las que no poseía.

Siguiendo este método, podemos decir que un libro NO es un artículo de primera necesidad. Este hecho es un gran inconveniente para el mundo editorial, y para solventarlo, yo me imagino esas importantes reuniones de creativos en las que uno de ellos suelta la pregunta «¿Para qué sirve un libro?» y otro le responde «Para leerlo», y mientras los demás creativos lo miran con desdén por dar una respuesta obvia, un tercero dice «Para regalar». Y entonces los creativos se miran entre sí asombrados, con ojos ávidos de dinero y uno, el más avispado, pregunta: «¿Para regalar a quién?». Y entonces ahí llega la vorágine de los creativos contestando a gritos «A mi madre», «A mi suegro», «Al profesor de gimnasia de mi hijo», «Al médico de mi padre», «A mi cuñao, que me cae mal», aclara uno, «A la nueva novia de mi mejor amigo». Y de ahí se llega al concepto del libro como artículo de regalo.

De todas las posibilidades que pueden darse para que una persona regale algo a otra, me quedo con la situación absurda de que, por una razón o por otra, se tiene que regalar algo a un desconocido próximo; es decir, esa persona a la que no se conoce muy bien pero con la que existe algún tipo de relación —como las que gritaban los creativos un poco más arriba— y con la que, por supuesto, se quiere quedar bien. El apelativo que suele acompañar a estos desconocidos próximos es el de “muy culto”. Por eso se le regala un libro y no una camiseta del Zara.

El problema viene cuando se piensa qué libro regalar a ese desconocido próximo. Y como no se encuentra respuesta ninguna, el subconsciente grita: «¡regálale uno muy vendido!», a lo que la parte consciente del cerebro responde complacida: «así acertaré». Y, con este paso, llegamos a lo que denomino libros para no lectores.

Los libros para no lectores son aquellos que se compran para regalar, pero con estas tres condiciones: 1) deben ser súperventas 2) quien lo regala cree quedar bien, y 3) quien lo recibe no está obligado a leérselo, pues nada más ver el título sabe que quien se lo regaló no se ha leído un libro en su vida y pretende encasquetarle un pseudolibro para que se lo lea él.

Estos tipos de libros son como el color negro en la ropa: no te atreves a regalar una camiseta fucsia por si al homenajeado no le gusta ese color y te decantas por el negro porque «combina con todo». Y de esta gran combinación salen libros como el último de Jorge Javier Vázquez (ideal para suegras), todos los dedicados a la selección española de fútbol —alias La Roja, editados por Mediaset España, que ni siquiera es una editorial— y biografías de otros futbolistas (ideal para profesores de gimnasia), aquellos que hacen referencia a algún personaje de la serie de moda o programa de TV —todos los libros de Amar en tiempos revueltos, Gran Hotel, El secreto del Puente Viejo, Gran Hermano, Mario Vaquerizo, El Hormiguero…— (ideales para nuevas novias de mejores amigos y para todo tipo de público, eso sí, no lector). En el caso de El Hormiguero, sus libros poseen una doble ventaja: salen por la televisión y contienen anécdotas o frases cortas, lo que suma u montón de puntos en la escala de libros para no lectores.

Y con este producto, las editoriales (las GRANDES editoriales) hacen el negocio redondo. Tienen libros para todo el mundo. Incluso para los que no leen. Como aquel bulo que corre como la pólvora y que afirma que DUREX fabrica condones y juguetes para niños; si falla el primer producto, se recurre al segundo.